La vaca marina de Steller (Hydrodamalis Gigas) era un mamífero marino perteneciente al orden de los sirenios o sirénidos, mismo al cual pertenecen los manatíes y dugongos que subsisten hasta hoy. Pero a diferencia a ellos la Vaca Marina era el único miembro de este orden que habitaba en aguas polares.
Por registros fósiles se estima que el orden sirenidae evolucionó hace por lo menos 60 millones de años, desarrollándose en plenitud en el Pleistoceno, vale decir, desde hace 1 millón ochocientos mil años, hasta 10 mil años atrás, esta última, la época de las grandes glaciaciones, lo que favoreció su distribución por casi todo el Hemisferio Norte, desde el Mar de Japón, hasta California. Posteriormente, a medida que los grandes hielos fueron retrocediendo, su hábitat se fue restringiendo, hasta ocupar únicamente el Estrecho de Bering en el Pacífico Septentrional, lugar donde hacia 1741 fue descubierta por la expedición comandada por el danés Vitus Jonassen Bering, a bordo del Saint Peter, barco que naufragó en dichas costas, y en cuya tripulación viajaba el médico, naturalista y zoólogo alemán Georg Steller, a quién esta especie marina de Steller deberá su nombre.
Durante los diez meses que la expedición estuvo varada en dichas costas, Steller investigó profusamente a la vaca, lo que póstumamente plasmó en su obra “Des Bestiis Marinis”. Sabemos por ello, que éste sirenio media entre seis a nueve metros de longitud, encontrándose ejemplares de hasta diez metros, y su peso oscilaba entre tres a cinco toneladas. Con toda seguridad, el mayor sirenio que existió jamás, y como muchas otras especies aquí estudiadas, su gran tamaño contribuyó a su exterminio.
Esta especie marina poseía una cabeza pequeña en comparación a tan grande cuerpo y en un rasgo muy inusual entre los mamíferos marinos, tenía cuello, muy corto y el resto de su envergadura corporal era gruesa, dotada de una capa de grasa de entre 7 a 10 centímetros de espesor, la cual usaba como reserva para el largo y duro invierno, y su piel era oscura y tan gruesa como la corteza de un árbol, al extremo que llegó a usarse como cubierta para barcos y botes y para calzado. La cola de la Vaca era aplanada como la de todos los sirenios y tenía dos aletas pectorales romas, de gran utilidad al momento de alimentarse de todo tipo de algas marinas, su único alimento conocido. No tenía dientes, sino placas córneas.
Steller se percató también que era raro que bucearan por más de cinco minutos seguidos, y generalmente lo hacía en aguas de poca profundidad y habitualmente se la veía en las orillas. El celo se producía en primavera, practicaban la monogamia y en otoño nacía la única cría de la pareja, la cual crecía lentamente bajo la protección de sus padres.
1768. La extinción
Varios factores contribuyeron a esta tragedia, de los cuales ya aventuramos algunos: nadaba en aguas someras, al extremo que usualmente se la veía en los bordes costeros, lo que unido a su enorme envergadura, similar al de una orca, la hacían muy visible; parían una sola cría, y como todo sirenio, eran muy dóciles y amigables. Por si fuera poco, eran lentas y torpes.
Por lo demás, todos los ejemplares vivían sólo en el Estrecho de Bering, hábitat que fue irremediablemente alterado por el hombre con su abrupta irrupción, y según el acucioso estudio de Steller, se calcula que ya entonces su número no habría sido superior a los dos mil ejemplares. Este fenómeno, unido a los fósiles encontrados y a sus grandes dimensiones, nos hace pensar que se trataba de un animal propio de las eras prehistóricas, al igual que la moa, pero en ningún caso justifica la masacre de la que fue víctima.
Todo lo anterior, facilitó la causa común a la desaparición de todas las especies estudiadas aquí: la caza indiscriminada, perpetrada por los mismos marinos que la descubrieron. Esta se practicaba con ganchos de acero sujetos a una soga con las que las arrastraban a tierra, donde eran rematadas a palos y descuartizadas, sin que en este cruel proceso opusieran casi ninguna resistencia. Los marinos aprovechaban su carne, su piel, como ya dijimos, incluso como cubierta de sus naves y su grasa, como aislante.
Rápidamente los exploradores difundieron la noticia del “tesoro” que encontraron y así, no había expedición que pasara por la zona que no matara a decenas de ejemplares, incluso las crías. Así las cosas, ya en 1754, sólo trece años después de ser descubiertas, un ingeniero que exploraba la zona alertó sobre su drástica disminución y en 1768, apenas veintisiete años después de su descubrimiento, el último ejemplar, fue exterminado. La rapidez en su desaparición es a todas luces, un pavoroso récord impuesto por el hombre.
Si la casualidad no hubiese hecho naufragar a la embarcación de Bering, tal vez otra historia se habría producido. En una patética coincidencia, Bering murió en el estrecho que hoy lleva su nombre, el mismo año que su embarcación naufragó y Georg Steller murió sólo cinco años después que este sirenio fuera descubierto.
Si bien no se ha documentado ningún caso posterior a 1768, muchos viajeros “creen” haber visto ejemplares a través de los siglos posteriores, incluido el siglo actual, en diversas aguas del Pacífico Norte.
Autor: Raúl Escalona Orellana
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