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3.1.4.1. LOS ANIMALES Y LAS GENERACIONES FUTURAS



El movimiento en favor de los “derechos de los animales” tomó cuerpo en escritos firmados por filósofos del área de la “filosofía práctica” algo antes de que proliferaran las publicaciones sobre ética ecológica en general.

La Ética Ecológica a través de la historia

Peter Singer y Tom Regan, por ejemplo, editaron ya a mediados de los setenta una colección de trabajos bajo el título “Animal Rights and Human Obligations”, donde la aportación de Henry Salt, por ejemplo, se titulaba: “¿Tienen los animales derecho a la libertad?”. Y, a partir de esos años, tanto uno como otro de los editores citados han publicado libros y artículos centrados en el mismo tema y mantenido polémicas con otros autores preocupados por el problema de los “derechos animales”.

Cuando el asunto se generaliza comienza la búsqueda de testimonios antiguos que puedan servir algo así como de criterios culturales de autoridad en aval de la postura de defensa del reino animal. Es frecuente, desde entonces, encontrar la referencia al texto bíblico del Antiguo Testamento, donde, aún en medio de las prescripciones rituales de sacrificios de animales, pueden encontrarse severas prohibiciones que demuestran la existencia de una sensibilidad y un respeto bastante acentuados hacia los animales (extracción de los pájaros de sus nidos, separación de parejas durante los siete primeros días después del nacimiento de las crías, etc.), así como un reconocimiento implícito de algún tipo de lazo consciente y emotivo entre los animales y sus crías, de manera similar a la que reconocemos en los humanos.

Pero además de los textos bíblicos, la indagación rescata fragmentos de los presocráticos (Empédocles, Anaxágoras, Pitágoras) no pocas indicaciones concretas en favor de un trato benevolente hacia los animales. O las protestas de Plutarco ante la barbarie de los circos romanos. Y así hasta las discusiones de la edad moderna sobre el “alma de los brutos”.

En una indagación histórica así realizada puede comprobarse, pues, que no es nueva la preocupación por la naturaleza de los animales, por establecer la justa diferencia entre el reino animal y el humano, por concluir, en fin, deberes sobre el trato a los seres vivos no pertenecientes al universo racional de los hombres.

Quienes se han aplicado al problema, como el ya citado Peter Singer, han estudiado incluso los estados de tensión en animales sometidos a procedimientos agrícolas industrializados, la secreción de “encefalinas” y “endorfinas beta” en animales inferiores, sustancias que, como es sabido, intervienen en el cerebro humano para bloquear las sensaciones de dolor, etc.

Todo ello centra la discusión en la “capacidad de sentir”, como base de los hipotéticos derechos del animal a no ser objeto de sufrimiento. De aquí, la polémica pasa a la consideración de la muerte sin sufrimiento, es decir, a la cuestión del derecho a la vida, sin más.

El caso de los animales como portadores de derechos ha sido debatido también en el área de la Filosofía del Derecho, mediante una cuidadosa consideración de extremos y tipificaciones jurídicas. Joel Feinberg, en su trabajo “Die Rechte der Tiere und zukünftiger Generationem”, da cumplida cuenta de esta discusión, en la que, tras definir “tener un derecho” como equivalente a “tener una pretensión”, pasa a distinguir si la aceptación de esa pretensión viene exigida por las leyes (derechos stricto sensu) o por los principios de una conciencia libre de prejuicios (aufgeklärt), en el caso de los derechos morales.

Las dificultades aumentan cuando del mundo de los animales se pasa al resto de los seres vivos en escala decreciente. Parece claro que las leyes para la protección de las plantas no tienen como fin defender sus propios intereses, sino que hay que entenderlas como mecanismos para la protección de los intereses de algunos hombres hacia las plantas. Y, fuera ya del ámbito jurídico, las dificultades para reconocer “intereses” en el mundo vegetal son las mismas que se presentan cuando tratamos de los animales, mientras no se considere la posibilidad de hablar de intereses comunes.

El caso de las “generaciones futuras” ha sido menos tratado, en extensión, que el de los animales. Sin embargo, para el tema de la Ética Ecológica tal vez tenga mucha más relevancia, por cuanto las hipotéticas obligaciones que los seres humanos actuales tengamos respecto a los seres humanos por venir afectan a todo el trato y el uso que las generaciones presentes demos y hagamos de nuestro entorno global.

De nuevo se plantea aquí la cuestión de la existencia de “derechos” por parte de seres que ni siquiera existen, pero de quienes se supone fundadamente que tendrán interés en un espacio vital, tierra fértil, aire limpio y, en general, en aquellas condiciones que permitan el desarrollo de una vida calificada como “humana”. En esos intereses, las generaciones presentes podemos ya influir, negativa o positivamente.

La vaguedad del futuro humano no logra debilitar sus pretensiones hacia nosotros, porque casi con toda seguridad sabemos que será un futuro humano. El obstáculo principal ha sido ya mencionado: “los animales no son parte en el contrato de reciprocidad en el que se basa la moral humana”. Sentado esto, y volviendo a Feinberg, diríamos: los animales no tienen derechos frente a los hombres.
Queda por despejar si, aún así, éstos no tienen obligaciones (deberes) para con aquellos. A poco más parecen llegar las conclusiones por el momento, centradas, como se ha dicho, en la capacidad de sentir, de experimentar gozo y dolor.

Veremos que el panorama se amplía cuando el tema se plantea, no ya dentro de una perspectiva estricta de “derechos” y “deberes” entre especies y generaciones, sino desde una más global concepción de la vida en la que pueda quedar modificado el punto de vista antropocéntrico sobre el mundo.

El balance de la polémica puede ser descorazonador, pero al menos deja algunos temas muy claros: pudiera ser que la ética se haya originado históricamente en un contrato entre seres capaces de reciprocidad, pero lo cierto es que, en la situación actual, de extinción progresiva de especies vivientes, animales y vegetales, y de acumulación de residuos procedentes de la industria atómica con vida activa calculada en centenares de años, aquella explicación histórica del origen de la moralidad no nos obliga a (ni se nos revela suficiente para) fundamentar la ética del siglo XXI en la reciprocidad y sólo en ella.

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Fuente: ETICA Y FILOSOFIA


Disponible en sección: Opinión

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dodo2013-07-25
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jennifer


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