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LA DAMA DE LAS FOCAS

En el pueblo de Kilshanig, dos millas al noreste de Castlegregory, vivió una vez un apuesto y valeroso joven llamado Tom Moore, buen bailarín y cantante. A menudo se le oía de noche cantar por colinas y campos. Murieron el padre y la madre de Tom, y él quedó solo en la casa, falto de una esposa.

Una mañana temprano, cuando estaba trabajando cerca de la playa, se fijó en que, tendida sobre una roca y profundamente dormida, estaba la mujer más bella que nunca se hubiera visto en aquella parte del reino. La marea se había alejado, y Tom, curioso por saber quién era o qué la traía por allí, se acercó a la roca.

"¡Despierta! – le gritó Tom a la mujer -; si llega la marea te ahogarás". Ella levantó la cabeza y se limitó a reír. Allí la dejó Tom, pero mientras se marchaba volvía la cabeza a cada momento para mirar a la mujer. Cuando hubo regresado adonde estaba antes cogió la azada, pero no pudo trabajar: tenía que mirar a la mujer que estaba sobre la roca. Finalmente, la marea llegó hasta allí. Tom soltó la azada y se dirigió a la playa, pera la mujer se deslizó hacia el mar y aquel día no volvió a verla más.

Tom pasó la jornada maldiciéndose a sí mismo por no haberse llevado a la mujer de la roca, cuando era Dios quien se la había enviado. Por ese día no pudo trabajar, así que volvió a casa. Tom no pudo pegar ojo en toda la noche. A la mañana siguiente se levantó temprano y se dirigió a la roca.

Allí estaba la mujer. Tom la llamó. No hubo respuesta. Él se acercó a la roca. "Será mejor que vengas conmigo "– dijo Tom. La mujer no contestó palabra. Tom cogió el gorro que llevaba en la cabeza y dijo: "¡Esto me lo quedo yo!" Al instante ella exclamó: "¡Devuelveme mi gorro, Tom Moore!" "¡De eso nada, pues ha sido Dios quien te ha enviado a mi, y ahora que hablas ya me doy por satisfecho! Y tomándola por el brazo la llevó a su casa.

La mujer le preparó el desayuno, y ambos se sentaron juntos a comerlo. "Y ahora – dijo Tom -, en nombre de Dios, tú y yo iremos al cura para casarnos, porque los vecinos de los alrededores se fijan en todo y murmurarían".

Así que, terminado el desayuno, fueron a ver al cura, y Tom le pidió que los casara. "¿De dónde sacaste esta esposa?" – preguntó el cura. Tom le contó toda la historia. Cuando el cura vió que Tom estaba tan deseoso de casarse le pidió cinco libras y Tom se las pagó. Después llevó a su mujer a casa, y fue tan buena esposa como cualquiera que haya habido nunca en casa de un hombre. Vivió siete años con Tom, y tuvo tres hijos y dos hijas.

Un día, Tom estaba labrando y se le rompió una parte del arado. Se acordó de que guardaba las clavijas en el altillo de casa, así que subió a cogerlos. Mientras buscaba las clavijas tiró al suelo bolsas y cuerdas, y qué fue a tirar sino el gorro que siete años antes le había quitado a su esposa. Ella lo vió al instante, y tras recogerlo lo ocultó. Por aquellos días la gente oía a una gran foca que rugía en el mar. "Ah – decía entonces la esposa de Tom -, es mi hermano que me está buscando."

Aquel día, unos hombres que iban de caza mataron a tres focas. Todas las mujeres del pueblo bajaron corriendo a la playa para ver las focas, y la mujer de Tom fue con ellas. Comenzó a gemir, y acercándose a las focas muertas les dijo unas palabras a cada una y gritó: "¡Oh, qué asesinato!" Cuando la vieron llorar los hombres dijeron: "No queremos saber nada más de estas focas."

Así que cavaron un gran agujero, metieron en él a las focas y lo taparon. Pero, por la noche, algunos pensaron: "Es una lástima enterrar esas focas, después de lo que nos ha costado conseguirlas." Aquellos hombres fueron con las palas y cavaron la tierra, pero no encontraron ni rastro de la focas. Durante todo este tiempo la foca del mar no dejaba de rugir.

Al día siguiente, cuando Tom estaba trabajando, su esposa barrió la casa, lo puso todo en orden, bañó a los niños y los peinó. Después, los besó uno a uno. A continuación se dirigió a la roca y, poniéndose el gorro, se zambulló. En ese momento la gran foca se alzó y rugió de tal modo que se la pudo oír a diez millas de distancia.

La esposa de Tom se fue nadando con la foca. Los cinco hijos que dejó tenían membranas entre los dedos de las manos y de los pies, hasta la mitad de cada dedo.
Los descendientes de Tom Moore y la mujer de las focas viven actualmente cerca de Castlegregory, y las membranas de sus dedos no han desaparecido, aunque disminuyen con cada generación.


Texto: Jeremiah Curtin.

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Fuente: MITOS Y LEYENDAS CELTAS.

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Disponible en sección: Cuentos y Fábulas

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